lunes, 12 de abril de 2010

Wotan Telamónida



Se cuenta en la casa de mi madre que llegué a éste mundo cuándo Atenodoro Telamónida conquistaba la ciudad de Praga a base de sangre y fuego. Hacía nueve meses que había tomado a una nómada de nombre Brunilda, descendiente de los magyares tras haberla amado en silencio por meses. Ejerciendo su derecho de pernada antes del matrimonio de ésta, yació con ella en la Ciudad de la Furia, ya que desde hacía años allí vivían aquellas gentes.

El esposo de mi madre murió a los pocos años cuándo las tropas de Flama de Flog atacaban Tumba de Gwydre, cerca de Paris. Atenodoro se sintió tan culpable de la muerte de mi padre que decidió criarme a su lado cómo hijo suyo que era, más nunca olvidó mi bastardía y por eso siempre me llamaba sobrino y no hijo. Me recluyó en el monasterio de San Beren en sus propios dominios para que aprendiese a leer y escribir. Nadie podía pensar que durante años criase a aquél hijo como suyo ante el pueblo, pero así lo hizo hasta que un día uno de los frailes le ordenó enviarme con doce años a ser educado fuera. Cómo el monasterio pertenecía por aquellos años al Archiduque Syric, gran amigo de mi padre, fue al lado de éste donde se me envió.

Así fue como en los tiempos de la guerra de Dragones y Odines fue enviado al sur. Al norte de Hispania junto con el Archiduque Syric quién me enseñó lo bueno y lo malo de los hombres, a la vez que aprendía como mantener las cosechas. Combatí a su lado contra los campesinos que se resistían y me fortalecí cómo hombre.

Con catorce años llegué a las tierras de Grecia en busca de sabiduría junto con el Santo Padre Beren Erchamion. Aprendí como el arte de la diplomacia abre más puertas que el de la guerra y cómo un hombre puede llenar los corazones de sus seguidores con una sola palabra “Paz”.

Con quince años viajé de regreso a la Ciudad de la Furia donde Atenodoro en la más absoluta intimidad me nombró miembro de su Casa. Si bien nunca me nombró cómo hijo ante el pueblo, si me lo llamó desde aquél día en la intimidad.

Yo Wotan Telamónida estaba orgulloso de mí padre, cómo mí padre lo estaba de mí. Por eso con orgullo porto su estandarte.

miércoles, 11 de febrero de 2009

ATENODORO TELAMÓNIDA





Se acercó a su viejo caballo blanco y le miró las herraduras. Estaban desgastadas de tanto cabalgar, le golpeó el trasero y se lo llevó al herrero. Por fin, después de mucho andar estaba en casa.

Era la Ciudad de la Furia un pequeño lugar, encerrado por varios feudos, a poca distancia de Praga y a poca de Viena. Su herrero no le reconoció como el hijo de su señor, más Atenodoro no se preocupó. Deseaba tanto ver a su padre...

Le resultaba sumamente extraño el ruinoso estado del pequeño feudo, pero no le dio la menor importancia. Seis años en Bizancio junto su madre le habían curtido pese a su corta edad. Tenía grandes planes para su gente pero antes debía ver a su padre.

Cuando se presentó ante la casa fuerte de su padre, un halo de oscuridad le recibió. Los guardias no vigilaban, las puertas desvencijadas, la techumbre ruinosa,...¿¿Qué había sucedido??

Dos caballeros se presentaron ante el que lloraba dentro de la casa. No tardaron en reconocerle pues demasiado se parecía a su padre.

- Mi señor...vuestro padre murió.

- ¿¿Y quien dejó caer su casa??

- La tomaron al asalto cientos de campesinos de los feudos vecinos, instigados por el Diablo. Tan solo quedamos pocos servidores de vuestro padre con vida.- Mirose los pies descalzos-. Intentamos mantener este feudo en vuestro nombre, pero es inútil sin dinero.

-Ayudadme a tomar venganza y tendréis el oro y nuevas tierras que poseer.
Atenodoro no dudó. Armó a los 50 caballeros de su padre y partió a la conquista de los feudos traidores. Solo descansaría cuando en nombre de Telamón de Ciudad de la Furia, consiguiera acabar con las hordas de campesinos que atacaron su casa.




ATENODORO TELAMÓNIDA